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Tó apeirón es un lento suicidio.

Por José Antonio González Espada.

El culpable de Tó Apeirón (y, probablemente, de más de un suicidio de los que reflejan las estadísticas -dichas estadísticas oficiales sobre suicidios existen, que las he visto yo) es un autor español joven que responde por Santiago Sequeiros. Este adorador del nihilismo, de las bebidas alcohólicas y de su novia Carolina 1 debe de pasarse todo su tiempo (el de sueño y el de vigilia) buscando el sentido de las cosas; o, mejor dicho, buscando cómo destruir, cómo deshacer, cómo anihilar el sentido que las cosas parecen tener. Todo este vacío lo concentró Sequeiros en 32 páginas llenas de motivos para el suicidio y de argumentos para convencernos de que todo en el mundo es vano, que todo es hueco. Estas 32 páginas son el Tó Apeirón.

Empecemos hablando de lo literario. Sequeiros realizó el después de leerse El Buscón de Quevedo2, y eso se nota: se nota en el lenguaje (un barroquismo precioso, a veces uno llega a pensar que algún poeta español del siglo XVII ha viajado al siglo XX para realizar un cómic), se nota en la picaresca que impregna toda la historia (el buscón don Pablos y el Lazarillo de Tormes se diría que son ancestros del filósofo borracho Tó Apeirón). Lo barroco impregna cada una de las 32 páginas. Y eso ya es, en sí mismo, un nihilismo: �qué es más vacío que la retórica por la retórica, que mil palabras complicadas que expresan lo mismo que una palabra sencilla? Juegos de palabras gratuitos, excesos lingüísticos en cada frase, imágenes y metáforas de grandísima audacia, y todo esto �por puro placer de experimentar con el lenguaje! En un mundo (como el nuestro) donde todo lo que se hace y se dice debe tener (obligatoriamente) un sentido, una función, los barroquismos gratuitos de Sequeiros son como un grito, una declaración de principios que se deduce de la forma y no del fondo, un nihilismo destructor de lo funcional que hoy tanto se estila.

Más vacíos: las cosas que Sequeiros cuenta con su lenguaje barroco y sus dibujos sin grises. En las 32 páginas del tenemos el nihilismo absoluto: la muerte. La muerte es omnipresente, se respira. Y la muerte que mejor se respira es la que acompaña a los dos matones (Hernández y Laureano) que Iracundo Cacique envía para decapitar a Tó: es en extremo radical (y a la vez terriblemente poética) la historia de Hernández, cuyo padre se ahorcó ante él cuando era niño, pero pesaba tanto que la cabeza quedó en la soga; y al niño Hernández no se le ocurre otra cosa que recoger la cabeza, meterla en un saco y otorgar al saco con la cabeza la misión de ser su conciencia 3. Poética y terrible es también la muerte del propio Hernández (tras disparar a su compañero Laureano: por morir que no quede) por separarse de su conciencia-cabeza: viene a recogerle el autobús de los muertos con su nombre en el letrero (un precioso autobús lleno de decapitados, ahorcados, torturados...). Aunque la muerte más triste (y más romántica, si quiere el amable lector) es la última de todas: la de María, "enbarrotada a la vieja casa", que murió "de no poder chamuscar los barrotes de la ventana con sus manos eléctricas" tras leer la carta redactada por un depresivo Tó en nombre del pobre personajillo que se había enamorado de ella. En definitiva, la muerte es casi un personaje más en el Tó Apeirón; me veo, pues, obligado a desaconsejar tajantemente su lectura a depresivos al borde del suicidio: las estadísticas de que hablaba al principio podrían verse trágicamente engordadas.

Aún podemos escarbar en busca de otros vacíos notables. Como la filosofía que Tó no para de predicar. Incansablemente, Tó va diciendo ("esparciendo") que, como hombre sabio que es, aborrece los dineros y por ello debe beber de lo que "las gentes le merezcan". Y esto puede llenar de preguntas a algunos seres de cerebro excesivamente ocioso (como el que estas líneas escribe): �realmente predica sus ideas y actúa en consonancia con ellas, o es un mero pretexto para cubrirse de superioridad y beber gratis en todos los bares? �es toda filosofía un engaño, como la filosofía de Tó? �puedo yo hacer lo mismo, o realmente tales privilegios se reservan sólo a hombres sabios? �es el discípulo de Tó auténtico discípulo o su única misión en la vida es llevar a cuestas a su enorme maestro? �y quién es hombre sabio, el que sabe o el que consigue que le paguen los vinos en todos los bares? Y así podemos estar preguntando hasta el infinito, que en esto consiste, en el fondo, la filosofía, si es que existe.

Y más, más vacíos podríamos seguir desgranando ad eternum. Podríamos hablar de la pornografía y del catolicismo (no siempre separados) como casi exclusivo elemento escenográfico, quizás una muda reflexión de Sequeiros sobre la moral dejada en un segundo plano 4. O sobre el romancero ciego que explica la historia, subido en un carro que arrastra un minotauro "que de tanto llevar puesta máscara ha quedado hueco de cara". O de los bares y las tabernas en las que Tó se para, bebe orujo fiado y predica. O de la alumna que Tó dejó embarazada para señalarle verdades. Y de otros muchos motivos para la depresión y para hacer de la muerte y del vacío el centro de la existencia del amable lector si se toma muy a pecho lo que encuentra en las páginas de este cómic que reseño.

Concluyendo: Tó Apeirón es brillante, profundo, impactante, picaresco, reflexivo, triste, nihilista, gomorrita, barroco, iconoclasta, quevediano y en blanco y negro (sin grises). Es, como si dijéramos, un lento suicidio.

Advertido queda, pues, el amable lector.

Notas

1.- A quien dedica el Tó: "�...A Carolina, que es lengua de hoguera, rendirle amor desnudo...!", acaba diciendo el "romancero ciego" que presenta y concluye la historia.

2- Lo dijo en una entrevista que le hicieron los del fanzine Annabel Lee. No recuerdo qué número era (la entrevista se hizo en noviembre de 1995, poco antes de la publicación del Tó); pero recuerdo que en la portada salía la rana Gustavo. Por si al amable lector (o a la amable lectora) se le ocurre buscarlo.

3.- Sobre este tema de la conciencia, es interesante algo que plantea Sequeiros en la entrevista reseñada en la nota anterior. Preguntado el autor sobre si todos los católicos son justicieros y masoquistas como Ambigú, responde Sequeiros: "(...) Lo de católico y masoquista es una simplificación, pero la verdad es que los católicos son todos masoquistas. Tienen a Dios, que es el ordenador de las cosas, y para ellos la justicia no es una cuestión de valores, es una cuestión de dogmas, van a lo fácil, a lo que la gente busca, porque cuando la justicia empieza a ser un valor subjetivo, que es lo que es, es cuando discutes contigo mismo. Los católicos no. Los católicos son justicieros, y esa justicia que aplican a rajatabla y que les ha sido impuesta por alguien, crea un masoquismo, porque ellos son los primeros en incumplir esa justicia, pero saben que no tienen escape. Uno que le guste la psicología se explicará, le echará la culpa al padre... (risas) (...)". Ponga esto en relación con el matón Hernández del Tó Apeirón y su conciencia-cabeza y resultará un sabroso cocktail.

4.- Abundan en las viñetas del Tó Apeirón revistas tituladas "Sodoma", "Sodomía" o "Gomorra". Y sobre esto quisiera señalar (aun a sabiendas de que es una tontería como una casa) que Sequeiros se acuerda de la ciudad bíblica de Gomorra. Cotidianamente, siempre se relaciona el sexo y el pecado con la ciudad de Sodoma, pero raramente con la de Gomorra. Sequeiros, muy justamente, recupera la memoria sobre la marginada Gomorra, patria de degenerados (y, por lo visto, de heterodoxos sexuales) al igual que Sodoma, e igualmente destruida por Yahvé. Me parece muy bien. A este respecto, consúltese el Capítulo XIX del libro del Génesis, donde Dios hace llover azufre y fuego sobre Sodoma y Gomorra (porque sus habitantes "eran perversísimos, y muy grandes pecadores a los ojos del Señor", como dice el Génesis, XIII, 13).